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Las certezas, ¡ay! las certezas; en este mundo cruel, en estos momentos de nuestra historia, donde y cuando el Dictador-Emperador de allende los mares nos ha cambiado el paso y, el émulo local no encuentra el suyo y a trompicones, trilero, va salvando el sillón, tener certezas es difícil. Aquel, ya condenado, ha vuelto y según recogen los periódicos ha perdonado a quienes, de sus seguidores, también, fueron condenados; el más simpático, el disfrazado y con cuernos de búfalo; este, trata, evitando con normas legales retroactivas impedir a "los malos" la destrucción de la presunción de inocencia de presuntos o no, si no se les puede juzgar, no se les podrá condenar, pero tampoco, si fueran inocentes, absolver.
Así están las cosas en el Imperio y en Hispania, las provincias. Pero pronto llegarán los idus de marzo, y con ellos el recuerdo de aquellos días turbulentos, y el de aquel 15 de marzo, de hace dos mil sesenta y nueve años, cuarenta y cuatro años antes de nuestra era, en el pequeño Teatro Pompeyo en Roma, cuando su Senado se reunía y el hombre soberbio, "llegué, vi, vencí", "¿¡tú también, Bruto, ¡hijo mío!?" fue acuchillado - quizás en preludio del argumento para "Asesinato en el Orient Express" de Agatha Christie-.
Al uno, antes de su proclamación, sufrió daños en una oreja; la bala no le acertó. Al otro, conmilitones - de su partido y de aquellos quienes lo sustentaron y lo sustentan- y jueces no le dan respiro, y un sobresalto, a la vuelta de cualquier esquina, le causará un fatal infarto.
Pues pasar de amparar el "hermana yo si te creo", a ver investigados y acusados por fuera, y todos y todas lo sabían, a los paladines de la justicia social y del nuevo feminismo patrio; pues ver a la esposa imbuida en una espiral judicial, al hermano balbucear, a "su Fiscal General" argumentar, y depender, para gobernar las provincias de Hispania, de quienes pretenden desmenuzarla y de quien huyó de la Justicia y a quién tratando de "rehabilitar" le redactaron una amnistía incompleta, ha de dejar el corazón un tanto fastidiado.
Pero ¡cuidado!; en tierras lusitanas un tal Viriato luchó contra el invasor, y Roma, la que no paga a traidores, sólo pudo acabar con él, también apuñalado a traición.
¡Qué estético esto del apuñalamiento!, ¡qué buen provecho han sacado de ellos pintores y escultores! ¡Qué bonito es el cuadro de José Madrazo! ¡Qué bellamente se encubre la traición!
Tengo y mantengo una certeza: la rueda cuadrada.
Se ignora el origen de la rueda; aquí, allá, en aquel otro lugar,… cosas de arqueólogos, hoy al común ya no le importa, si sus efectos, pues aún en los tiempos de los inicios de la inteligencia artificial popular, la rueda en sus diversos usos y tamaños, es imprescindible.
Bueno, no en todos los ámbitos de la vida, y no en todo lugar. En mi mundo profesional, la abogacía en provincias, para muchos, la rueda es cuadrada, y de manera alguna admiten su redondez, su forma circular como nos dice el diccionario.
En este mundo de profesionales de provincias, fiscales, jueces, secretarios y abogados, notarios y demás funcionarios públicos cuya actividad se basa en el Derecho, a pocos interesa la redondez, la circularidad de la rueda.
Que el notario común no da fe pública, la vende. Que inspectores de distintos ramos no inspeccionan, es conocido por todos, pero ay de aquel a quien ellos o sus jefes políticos tengan entre ceja y ceja.
Que, centrando la cuestión, "la justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial, independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley"; que "el ejercicio de la potestad jurisdiccional en todo tipo de procesos, juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado, corresponde exclusivamente a los Juzgados y Tribunales determinados por las leyes"; que "las sentencias serán siempre motivadas y se pronunciarán en audiencia pública".
Un elevado número de jueces ni son responsables ni se sienten sometidos a más imperio que su capricho; injusto botón de muestra, ese juez quien en Peñaranda de Bracamonte ha señalado para un día y una hora concreta el juicio, y en plena pandemia, en la calle a bajo cero.
Las Leyes de procedimiento deberían dar seguridad jurídica a abogados y partes; bien sabemos quienes ejercemos como no ya en cada provincia, sino en cada juzgado, las normas procesales se interpretan y aplican.
Es habitual encontrar la motivación de las sentencias mal y confusamente redactada, muchos jueces escriben mal, es preciso traducir sus resoluciones, dictadas al modo del oráculo de Delfos.
La independencia, libertad, dignidad e integridad, así como el respeto del secreto profesional en los abogados, en general, utopía.
El que "los profesionales de la Abogacía deben ser personas de reconocida honorabilidad", pues eso, "deben ser," "han de". Unos sí, muchos no.
El que "la Abogacía asegura la efectividad del derecho fundamental de defensa y asistencia letrada y se constituye en garantía de los derechos y libertades de las personas" no es sino una frase, un desiderátum.
Si los profesionales de la Abogacía "deben velar siempre por los intereses de aquellos cuyos derechos y libertades defienden", esos profesionales han de velar también por sus propios intereses, y en tantos y tantos casos, esos intereses hemos de velarlos, unos y otros abogados, generalmente desamparados por nuestros Colegios y sus normas absurdas.
Piénsese sino en el problema actual de las "pensiones de jubilación" de los abogados, claro, una cosa es la Mutualidad de la Abogacía, otra el Consejo General de la Abogacía.
Que "los daños causados por error judicial, así como los que sean consecuencia del funcionamiento anormal de la Administración de Justicia, darán derecho a una indemnización a cargo del Estado".
Sea en las provincias, sea en grandes ciudades o en la capital del Estado, los artículos del Código Civil referidos al fraude de ley, al ejercicio del derecho con buena fe y la prohibición del abuso del derecho, el artículo de la Ley Orgánica del Poder Judicial sobre el respeto de la buena fe, así como el artículo 247 de la Ley de Enjuiciamiento Civil relativo a la buena fe procesal y a las sanciones cuando esta se vulnera, son desconocidos por doquier.
Cierto es, que en cada profesión jurídica, y hablo de primera mano, he conocido a personas dignas que encarnan el espíritu de cada profesión.
Pero claro, "a hombros de gigantes" los pequeños vemos más, y desde una más amplia visión de la jugada profesional, tristes vemos como para muchos, desde el Emperador o su émulo, hasta colegas de unas u otras profesiones, prefieren, están cómodos en entornos en los cuales la rueda fue, sigue siendo, y será cuadrada…