Renovables postpandemia
La pandemia fue, sin duda, el mayor experimento involuntario de nuestra era. No lo pidieron los científicos, no lo sugirieron los gobiernos, y mucho menos los ciudadanos. Pero ahí estábamos: confinados en nuestras casas, sin coches en las calles, sin aviones surcando el cielo y con un aire tan limpio que parecía sacado de una postal de un mundo que no existe. Fue un sueño efímero para ecologistas y científicos del clima, un espejismo de lo que podría ser un mundo con emisiones reducidas… si tan solo mantuviéramos la economía en pausa permanente.
Pero, claro, no podemos. Porque nos gusta el café de la mañana hecho con granos cultivados a miles de kilómetros, nos gusta viajar en avión porque el turismo local es, admitámoslo, demasiado local, y nos gusta que los paquetes de compras online lleguen antes de que terminemos de cerrar la pestaña del navegador. Así que, tras unos meses de utopía ambiental involuntaria, el mundo volvió a encender motores.
Sin embargo, algo cambió. En medio de este parón global, el crecimiento de las energías renovables tomó un ritmo inesperado. Tal vez fue el impacto de ver cielos sin smog por primera vez en décadas, tal vez fue el miedo a depender de combustibles que no siempre llegan a tiempo cuando el mundo se tambalea. Sea como sea, la energía solar y eólica han tomado la delantera en la carrera hacia las emisiones netas cero. Según cifras recientes, si seguimos así, aún podríamos alcanzar el objetivo para 2050. Y eso es una excelente noticia.
El informe (que, claro, nadie va a leer completo porque es un PDF y vivimos en la era del scroll infinito) analiza cómo países de todo tipo han logrado avances sorprendentes. Uruguay y Chile han dado un salto impresionante, al igual que Namibia y Dinamarca. Al parecer, hay lugares donde la transición energética no es solo una promesa electoral o donde se busque sin sacar un rédito propio.
Pero no nos engañemos. La meta aún está lejos, y la inercia es poderosa. Volver a un mundo que funcione sin energías fósiles no es solo una cuestión de instalar más paneles solares y turbinas eólicas. Es también una cuestión de cambiar hábitos, reducir el consumo innecesario y, en última instancia, cuestionar si realmente necesitamos que todo esté disponible con la rapidez y abundancia que hemos dado por sentada. Y lo más importante, usar la lógica. Si los principales motores económicos del planeta apuestan por la energía nuclear, no estaría de más plantearnos extender la vida de las nuestras, porque al igual que decimos "si quieres la paz, preparate para la guerra", si quieres vivir de las renovables, prepara tu bolsillo e infraestructuras, no nos vaya a pasar como con la guerra de Ucrania.
Así que, aunque la pandemia no nos enseñó a vivir sin coches, aviones o paquetes exprés, sí nos mostró que el cambio es posible y que las soluciones existen, aunque yo sigo teniendo mis dudas respecto al coche eléctrico. La pregunta es: ¿seguiremos por ese camino o esperaremos la próxima crisis para hacer otro experimento involuntario?
Ahí queda la duda.