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Señoras y señores, la Unión Europea lo ha vuelto a hacer. Cuando creíamos que nada podía superar la odisea de los tamaños reglamentarios del pepino o la guerra contra las pajitas de plástico, ahora vienen a decirnos cómo debemos calentarnos en nuestra propia casa. ¡Porque, por supuesto, la temperatura de nuestro salón debe ser decidida en Bruselas!
Las chimeneas y las estufas de leña están en la cuerda floja. Al parecer, ese pequeño placer ancestral de ver el fuego crepitar en invierno es una amenaza existencial para la civilización. ¿Qué sigue? ¿Prohibir las velas porque emiten dióxido de carbono? ¿Multarnos por frotarnos las manos para entrar en calor?
Y no se confundan, ciudadanos europeos, que esto no va solo de contaminación. También quieren enchufarnos a la dictadura eléctrica. La nueva normativa exige sistemas de regulación automática, lo que significa que si te quedas sin luz en medio de una nevada, tu única opción será acurrucarte con tu móvil y esperar a que la UE apruebe la quema de muebles reciclados.
En la República Checa y Alemania ya han puesto el grito en el cielo, y con razón. A los burócratas de Bruselas, que viven rodeados de calefacción centralizada y termostatos inteligentes, se les ha olvidado que hay gente en Europa que no puede permitirse los lujos del primer mundo.
Lo más curioso es que mientras nos prohíben calentar nuestras casas como lo hemos hecho durante siglos, nos venden la biomasa como el futuro de la transición energética. ¿En qué quedamos? ¿Es buena o es mala? Quizá la diferencia esté en si la madera la compras en el supermercado con el sello oficial de 'Energía Responsable' o si la recoges del bosque como un vulgar rebelde contra el sistema.
Queridos lectores, la próxima vez que enciendan su chimenea, háganlo con orgullo, con rebeldía. Porque al paso que vamos, cualquier día vendrá un inspector de Bruselas a apagarles la llama de la libertad con un cubo de normativas.