
Me refiero al tren tecnológico en sentido figurado. Porque ese tren, el que lleva a los países y empresas de vanguardia, salió de la estación hace tiempo. Y no, no vamos en él. Ni siquiera en el vagón de cola.
Estados Unidos dio el pistoletazo de salida hace más de dos años. Pronto, casi todas las tecnológicas se subieron a bordo: Google, Meta, Microsoft… Si no invertías en inteligencia artificial, te quedabas rezagado. En Europa saludamos desde el andén, despidiendo la oportunidad de liderar un mercado en auge. ¿Y China? Como son muy suyos, se han construido su propio tren y ya van camino de la cabeza. Según ellos, el suyo es más bonito, rápido y eficiente.
Curiosamente, las tecnológicas que dominan el mundo han sido noticia esta semana por restringir sus políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI). Tras la aparición estelar de Trump, parece que han descubierto que es mejor contratar al más competente que cubrir un cupo por género o estrato social.
En España ni siquiera hemos llegado a la estación. Perdidos sin GPS (o sin Galileo), tiramos de la guía Repsol. Pero no pasa nada: con una parada en la gasolinera y un buen pincho de tortilla se recupera el ánimo. Pena que ya quitaron los casetes del Fary y las latas de pistachos.
Al menos nuestro Presidente quiere ser pionero en algo y reclama la creación de un Observatorio Digital para evitar que "el espacio digital se convierta en el salvaje oeste".
Ánimo. Si algo nos define es que nunca nos damos por vencidos. De peores situaciones hemos salido y, si la inteligencia artificial se nos escapa, siempre nos quedará el sol y el turismo. Mientras no venga una catástrofe climática, eso es un seguro. Y más nos vale, porque en los últimos recuentos solo tenemos 21.847.200 ocupados (cotizantes). Y si restamos a los funcionarios, nos queda aproximadamente un 37% de la población sosteniendo el país.